Una
vez trajeron hasta mí a un místico sufí. Continuamente, durante
treinta años, había estado utilizando el método zikr de los sufíes
y había llegado a tener elevadas experiencias. Se le notaba, incluso
la gente corriente se daba cuenta de que este hombre vivía en un
mundo completamente diferente. Lo podías apreciar en sus ojos. Le
brillaban de dicha. Su ser mismo vibraba con algo del más allá.
Sus
discípulos le trajeron a mí y dijeron:
—Nuestro
maestro es un alma iluminada, ¿cuál es tu opinión sobre él?
Yo
dije:
—Dejadle
conmigo durante tres días y después volved.
El
maestro permaneció conmigo durante tres días. Al tercer día estaba
lleno de ira y dijo:
—¡Has
destrozado mis treinta años de trabajo!
Porque
le propuse algo muy simple... tan sólo este sutra de Atisha: Deja
incluso que el remedio se vaya...
Le
dije:
—Durante
treinta años has estado recordando una cosa: que todo es divino. El
árbol es Dios, la roca es Dios, las personas son Dios, el perro es
Dios, todo es Dios. Durante treinta años has estado recordándolo
continuamente.
Y
realmente había hecho un esfuerzo sincero.
El
dijo:
—Así
es.
Le
dije:
—Deja
ya de recordar. ¿Cuánto tiempo vas a recordar? Si la iluminación
ha sucedido, entonces deja de recordar y veamos lo que pasa. Si de
verdad ha sucedido, entonces, hasta dejando de recordar, permanecerá.
El
argumento era tan lógico que estuvo de acuerdo.
Dijo:
—¡Ha
sucedido!
Y
le respondí:
—Entonces,
hagamos la prueba. Durante tres días deja de recordar, ¡para de
recordar!
El
me contestó:
—No
puedo parar, se ha vuelto algo automático.
Yo
le dije:
—Inténtalo
y espera.
Le
llevó al menos dos días conseguir parar, cuarenta y ocho horas.
Resultaba difícil, se había vuelto algo automático. Sucedía por
sí solo. Durante treinta años había estado recordando y el
recuerdo seguía ahí, como una corriente subterránea. Pero después
de cuarenta y ocho horas paró.
Y
a la mañana del tercer día el sufí estaba lleno de ira.
Dijo:
—¿Qué
es lo que has hecho? Toda mi dicha ha desaparecido. Me siento muy
normal. Me siento igual que cuando emprendí mi camino hace treinta
años.
Empezó
a gritar de rabia y de tristeza; se le saltaban las lágrimas.
Y
me dijo:
—¡Devuélveme
mi método, por favor, no me lo arrebates!
Yo
le contesté:
—Si
la iluminación es tan dependiente del método, entonces es que no ha
sucedido nada. Se trata tan sólo de una ilusión creada por el
continuo recordar. Eso es tan sólo autohipnosis.
Todos
los grandes maestros dicen esto, que un día tendrás que dejar el
método. Y cuanto antes lo dejes, mejor.
Cuando
llegues a lo supremo, cuando se libere la conciencia, deja el método
inmediatamente.
Mira,
éste es sólo el cuarto sutra. En el tercero Atisha dice:
Examina
la naturaleza de la conciencia nonata
Y
en el cuarto, inmediatamente:
Deja
incluso que el remedio se vaya...
Ahora
ya no examines, deja de estar pendiente, deja de recordar que todo es
un sueño. En cuanto tu lengua perciba el sabor de la conciencia, sé
rápido. Porque la mente es muy astuta. La mente puede empezar a
decirte: «Ya no eres una persona vulgar, eres extraordinario. Has
llegado. Te has convertido en un buda, te has iluminado. Esa es la
meta de todos los seres humanos y muy raramente, uno entre un millón,
llega. Tú eres ese uno entre el millón.»
La
mente te dirá todas esas tonterías, y por supuesto el ego puede
volver. Quizá empieces a sentirte muy bien, mejor que los demás.
Quizá empieces a sentirte especial, espiritual, santo. Y así se
pierde todo. Mediante el remedio vuelve la enfermedad. Aférrate al
remedio y volverá la enfermedad.

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